En el dia de hoy comenzaron las sesiones del Santo Sínodo Antioqueno, en su decimosexta sesión sinodal, presidida por Su Beatitud el Patriarca Juan X, con la presencia de los siguientes Metropolitas: Elías (Beirut), Elías (Tiro y Sidón), Damaskinos (Brasil), Saba (América del Norte), Siluan (Biblos y Botris), Basilios (Akkar), Efrén (Trípoli), Ignacio (Francia), Isaac (Alemania), Gattas (Bagdad y Kuwait), Siluan (Islas Británicas e Irlanda), Antonio (Zahlé), Nicolás (Hama), Basilios (Australia), Ignacio (México), Atanasio (Latakia), Santiago (Argentina), Efrén (Alepo), Nifón (Shahba), Gregorio (Homs) y Antonio (Bosra, Haurán y el Monte de los Árabes). El único ausente fue el Metropolita Sergio Abd (Chile). Asimismo, el Metropolita Pablo Yazigi participó mediante las oraciones de los Padres del Santo Sínodo.
Tras la oración inicial, comenzó la agenda del Sinodo con un discurso de apertura de Su Beatitud, en el que abordó varios puntos fundamentales relacionados con la misión de la Iglesia, su papel y su presencia en este Oriente, hasta llegar a la importancia de la unidad antioquena y sinodal frente a los desafíos actuales. Su intervención comenzó con estas palabras: «Nos reunimos hoy ante la cruz de una responsabilidad histórica».
Al referirse a la misión y las responsabilidades de la Iglesia, Su Beatitud hizo hincapié en el llamado a continuar su misión sin rendirse. Expresó: «Todos le piden todo a la Iglesia cuando los gobiernos no pueden resolver algunas cosas. No somos hacedores de milagros, pero tampoco nos rendimos. Trabajamos con todas nuestras fuerzas para ser testigos del amor de Cristo, que nos amó».
A partir de esta misión, fundada en el testimonio de Cristo, Su Beatitud continuó afirmando: «En Cristo hay una belleza y una bondad que las banalidades y las disputas humanas no pueden dañar, ni mediante críticas injustas ni mediante críticas justificadas dirigidas contra una Iglesia que nunca ha pretendido ni pretende ser Perfecta o infalible, pues la infalibilidad pertenece únicamente al Señor, y a nadie más».
En cuanto a los asuntos nacionales, Su Beatitud afirmó que nuestra presencia en este Oriente no es algo pasajero y que, al seguir de cerca la situación, procuramos decir la verdad y pronunciar palabras que unan y sirvan a todos los ciudadanos, sin distinción alguna, procurando alejarnos, en la medida de lo posible, de los laberintos de la política que divide.
Luego, Su Beatitud destacó la importancia de la solidaridad dentro de la familia antioquena y expresó: «Como antioquenos de Oriente, esta circunstancia nos exige permanecer unidos, con la colaboración de todas las Arquidiócesis, y hacer de esa solidaridad una realidad concreta, no solo palabras».
Y añadió: «Una sola Iglesia de Antioquía, unida por el sentimiento de pertenencia plena de las Arquidiócesis de la diáspora a la tierra madre, y por la conciencia de las Arquidiócesis de la tierra madre de que también ellas tienen una extensión en la diáspora».
Asimismo, afirmó: «La Iglesia de Cristo es una sola comunión. La sinodalidad no es en ella un conjunto de ritos rígidos, sino una realidad vivida y un camino común que se recorre en distintos niveles. El Santo Sínodo es la culminación de ese camino».
Estas palabras marcaron la sesión inaugural y la enriquecieron con puntos fundamentales sobre la esencia de la Iglesia, su presencia y sus relaciones internas y externas.
A continuación, varios Metropolitas presentaron informes sobre sus respectivas Arquidiócesis, en los que expusieron la situación de cada una, las dificultades que afrontan, los logros alcanzados y las perspectivas que los pastores esperan concretar en ellas.
Bajo el título «Las preocupaciones del servicio y de la atención pastoral», y con este espíritu paternal y compasivo, que lleva consigo las inquietudes de las comunidades y de los hijos de la Iglesia Antioquena, tanto en la tierra madre como en los países de la diáspora, concluyeron los trabajos de la primera sesión de esta reunión sinodal.
Acompañemos con nuestras oraciones a nuestro pastor de pastores, el Patriarca Juan X, y a todos los Padres del Santo Sínodo Antioqueno, para que Dios ilumine sus mentes y sus corazones y les conceda llevar a cabo cada tarea con discreción y conforme a la gracia de Dios, procurando la edificación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y la glorificación del nombre de Dios.
