
En la mañana del domingo 10 de febrero de 2013, a las nueve en punto, repicaron las campanas de la iglesia de la Santa Cruz para recibir a Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, junto con una gran multitud de metropolitas y clero ortodoxo y con una destacada presencia de las Iglesias hermanas. Estuvieron presentes Sus Beatitudes el Cardenal Mar Bechara Boutros Rai (de los maronitas) y Gregorio III Laham (de los greco-melquitas católicos); los metropolitas, en representación de sus confesiones; el nuncio apostólico en Damasco, monseñor Zenari; el metropolita Pablo Souki, en representación de Su Santidad el Patriarca Siríaco Ortodoxo Mar Ignacio Zakka I Iwas, y el Metropolita Jean Kawak (siríacos ortodoxos); el metropolita Armash Nalbandian (armenios ortodoxos); Monseñor Raymond Girgis (latinos); el Metropolita Samir Nassar (maronitas) y el reverendo Boutros Zaour (Iglesia Evangélica).
Asistió además una gran multitud de autoridades, encabezadas por el Representante de la Presidencia de la República, Sr. Mansour Azzam, y por los presidentes del Parlamento y del Gobierno, junto con los Embajadores de Rusia y de Irán, en medio de una gran asamblea de fieles. La Divina Liturgia fue cantada por el coro del Instituto Teológico de San Juan Damasceno del Balamand, dirigido por el profesor Gilbert Hanna.
Concelebraron con Su Beatitud los Metropolitas Jorge Khodr, Elías Kfoury, Damasceno Mansour, Pablo Yazigi, Saba Esber, Jorge Abou Zakhm, Basilio Mansour y Efrén Kyriakos, y los obispos Moussa Khoury, Lucas Khoury, Ghattas Hazim, Nicolás Baalbaki, Atanasio Fahd, Demetrio Charbak, Elías Toumeh, Costa Kayal e Ignacio al-Houshi.
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Las palabras pronunciadas en la entronización
1. Palabras del Santo Sínodo de Antioquía
Pronunciadas por Su Eminencia el metropolita Jorge, pastor de la archidiócesis de Biblos y Batrún (Monte Líbano), en la entronización de Su Beatitud Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega.
«Y ve a los desterrados, a los hijos de tu pueblo; háblales y diles, escuchen o dejen de escuchar: «Así dice el Señor Dios».».
¿De dónde te viene, Oh Señor, ¿a decirnos la palabra del Señor Dios? Recuerdo que cuando la santa Iglesia te llevó al altar para consagrarte obispo, puso el Evangelio abierto sobre tu cabeza, para expresarte simbólicamente que vienes solo de este Evangelio y no de tu mundo ni de una emoción humana, porque tú no te dejas conmover sino por la palabra de Dios, que descendió sobre ti de una vez para siempre desde el libro de Dios.
Y no te hemos sentado en un trono fabricado por nuestro capricho ni por el tuyo. Tu Señor te dijo, Juan: apacienta con ternura a mi rebaño con lo que es mío, no con lo que sacas de tu propia naturaleza. Esto te lleva a decir: «Soy tu siervo, Señor; tu siervo soy, hijo de tu sierva».
Si llegas a ser así, te harás maestro, porque la enseñanza nace de la humildad, que es lo único que eleva al sumo sacerdote a la majestad y a la fuerza y le da el báculo pastoral con el que aparta de la grey rescatada toda fragilidad e ignorancia, para colocarla en los lugares más altos de la gloria divina.
Entiende que el Evangelio existe para que cada uno de nosotros se convierta en un Evangelio vivo, es decir, en palabra de Dios. Todo lo que la gente dice sobre la fuerza y la majestad del obispo debe traducirse así: no hay más fuerza que la Palabra y el armarse con todo lo que ella exige. Ella inspira la sabiduría de Dios. Los obispos no somos maestros de administración, de dinero ni de economía. Nos hacemos maestros del Evangelio si nos sometemos a él y lo rumiamos, es decir, si nos convertimos en él en lo más hondo de nuestras almas y en todos sus juicios.
Quien no quiera someter al Evangelio su formación y su conducta no tiene lugar entre nosotros. Ha perdido el rumbo y que se lleve su dignidad adonde quiera. Los que aman a nuestro Señor Jesucristo y los que no lo aman tienen el deber de separarse, para que la casa de Dios permanezca bien edificada.
Este es el tiempo de la renovación, señor. Tu llegada a la fachada de la ciudad de Dios, la gran Antioquía, es una misión que te ha sido dada desde lo alto para expulsar a los ladrones del templo y hacer de él un lugar digno del Señor. Recuerda a todo el que haya faltado que desde hoy no hay lugar para la fragilidad ni la traición. «Lo viejo ha pasado; ya todo es nuevo». La túnica sin costura de Cristo, haremos lo imposible por conservarla, con gran firmeza. Han pasado los tiempos del mal y ha despuntado el alba de la resurrección.
Metropolita Jorge Khodr
2. Palabras del Santo Sínodo de la Iglesia de Bulgaria
Pronunciadas por Su Eminencia el Metropolita Natanael de Nevrokop.
Su Beatitud, Patriarca de la ciudad de Dios, la Gran Antioquía, de Siria, Arabia, Cilicia, Iberia de Oriente, Mesopotamia y de todo el Oriente, Kyrios Kyrios Juan:
Me siento especialmente feliz de estar hoy aquí, por encargo del Santo Sínodo de la Iglesia de Bulgaria, en este momento histórico para el santo trono del Patriarcado de Antioquía y para su persona, digna de este trono. Estamos aquí reunidos por la comunión y el amor fraterno. Hemos venido con alegría de corazón para participar en esta mesa espiritual que es gozo y regocijo para ustedes y para toda la Ortodoxia.
El Dios todobondadoso los ha hecho dignos de ascender al trono de esta Iglesia de Antioquía en días difíciles para la Ortodoxia en general, y en particular para su feligresía , rodeada de guerras y enfrentamientos.
Han sucedido a un patriarca que honró este santo trono durante largos años y lo distinguió por su importante labor espiritual y social, organizando la enseñanza cristiana y atendiendo de manera especial a la formación espiritual del clero y del pueblo. Por eso su tarea resulta más difícil: no solo deben conservar la continuidad de lo que existe, sino llevarlo a algo mejor de lo que es hoy.
Como conozco bien, Beatitud, su profunda espiritualidad, su gran amor por la Ortodoxia, los esfuerzos que realiza por la unidad y el progreso de las Iglesias locales, su atención y cuidado de los jóvenes y su inmenso cariño por los ancianos, estoy seguro de que, desde esta nueva posición, llena de responsabilidad, trabajarán con mayor celo aún para conducir la nave de la Iglesia de Antioquía, cuyo mando reciben hoy oficialmente, y también por la unidad de la Iglesia ortodoxa, que se ha vuelto una necesidad ineludible.
Estoy seguro también de que el espíritu del bienaventurado padre Policarpo está hoy entre nosotros, alegrándose por ustedes en las alturas. De sus consejos espirituales nos hemos beneficiado mucho, y seguimos bebiendo de ellos en nuestra difícil y responsable labor espiritual. Su oración desde el cielo estará siempre con nosotros y sus consejos nos acompañarán.
Tengan la certeza, Su Beatitud, de que muchos, hoy y en el futuro, elevarán sus plegarias al Señor para que sostenga su gran y difícil tarea. Entre ellas destacan las oraciones de los padres del monasterio de San Pablo, en cuyo monasterio ustedes merecieron recibir la gracia del gran esquema.
Beatitud: los sólidos vínculos entre nuestras Iglesias búlgara y antioquena, así como los lazos de amor fraterno y amistad basados en la unidad de la fe, continuarán y se fortalecerán durante su patriarcado. Al expresar los sentimientos del Encargado de nuestra Iglesia, hoy viuda, Su Eminencia el Metropolita Cirilo de Varna, y los de los miembros del Santo Sínodo, del clero y del pueblo de Dios, ruego al Señor que los proteja con sus alas y les conceda salud y larga vida, para que conduzcan a la Iglesia de Antioquía con su guía espiritual y su sabia gestión hacia días de alegría y de gloria espiritual.
Con motivo de su entronización, les entrego hoy, en nombre de la Iglesia de Bulgaria, este icono de San Juan de Rila, gran santo y protector, con mi ferviente súplica de que interceda ante el Señor, fundador de la Iglesia, para que la fragancia de la gran y ardua obra que hoy emprenden se esparza por doquier.
¡Por muchos años, Monseñor!
3. Palabras de los Padres del Monte Santo
Palabras del archimandrita Partenio, Abad del Monasterio de San Pablo, Monte Athos.
Beatitud, Patriarca de la gran ciudad de Dios, Juan:
Los monjes del Monte Athos se alegraron enormemente al enterarse de la noticia de su elección como patriarca en la tercera sede, según el orden de la Iglesia oriental ortodoxa.
Por ello, atendiendo a su invitación, decidieron participar en el gozo de la Iglesia de Antioquía y me enviaron a mí, el más humilde, a pesar de mi edad.
Usted es conocido de los monjes del Monte Santo desde hace más de treinta años, cuando terminó sus estudios teológicos en Salónica y vivió dos años en nuestro monasterio, el de San Pablo, con la bendición de Su Eminencia Juan, Metropolita de Latakia. En nuestro monasterio recibió de mis manos el esquema monástico, y recordamos su mansedumbre, su humildad y su calma. En aquellos días en que vivió en el monasterio para aprender los principios de la vida monástica, fue ejemplo para los padres y los monjes de la comunidad.
Sus virtudes y los dones con que lo coronó el Señor Jesucristo lo elevaron hace dieciocho años al grado del sumo sacerdocio. Y ahora, tras el tránsito del patriarca Ignacio, de feliz memoria, los Padres del Santo Sínodo de Antioquía valoraron su experiencia pastoral durante estos años y lo eligieron patriarca.
Hoy, en esta celebración eclesial, recibe un trono adornado por grandes santos como Ignacio el Teóforo, Melecio y Pedro, hombres que afirmaron la fe en circunstancias difíciles. A las oraciones de estos santos unimos las nuestras, para que el Señor Dios lo muestre digno de esta confianza que sus hermanos obispos han depositado en usted, y le dé fuerzas para trabajar por la Iglesia como lo hicieron sus predecesores, y así merezca con ellos el reino de los cielos.
Con humildad clamo hacia usted: ¡digno, digno, digno!
4. Palabras de Su Beatitud el Patriarca Gregorio III Laham
Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente, de Alejandría y de Jerusalén, de los greco-melquitas católicos.
Beatitud, querido hermano, nuestro señor y patriarca Juan: todos decimos hoy: «Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él». Y con la muchedumbre y el pueblo que recibió a Jesús el Domingo de Ramos decimos: «Bendito el que viene en el nombre del Señor». Y con todos los que los quieren, les digo: «Los queremos». Y que Dios quiera que este amor nos mantenga unidos hasta el fin de los tiempos en este querido país, Siria. Los felicito en mi nombre, en el del Santo Sínodo de nuestra Iglesia greco-melquita católica y en el de los sacerdotes, monjes, monjas, laicos y fieles, y especialmente de los hijos de los greco-católicos de Siria, de Damasco y del mundo entero. Les decimos que estamos en una comunión espiritual, de fe, de corazón y de fraternidad con ustedes, mucho más que en una comunión meramente eclesial, porque el amor, como oímos en la epístola, es lo que permanece y nunca puede fallar.
Les decimos que seguiremos trabajando juntos, como lo hacíamos con su predecesor, de memoria eterna, mi hermano y querido amigo el patriarca Ignacio IV, a quien hoy recordamos con cariño, estima y gratitud por lo que hizo en nuestra bendita Iglesia antioquena. También trabajaré con ustedes en el cuidado pastoral, y con mi hermano ausente, Su Santidad el patriarca Mar Ignacio Zakka I Iwas, para que sigamos siendo los tres «Patriacrcas» que trabajan en Siria por la unidad cristiana y también por la unidad entre cristianos y musulmanes. Sobre todo, en estos días difíciles, porque nuestros hijos y todos los ciudadanos nos dicen: «Pastores de las Iglesias cristianas, únanse para que trabajemos juntos por Siria, por la seguridad, la tranquilidad y la estabilidad de todos los ciudadanos, para que vivan en paz y duerman tranquilos en estos días difíciles que atraviesa Siria, para que salgamos de esta crisis y volvamos a ser una sola Siria, una sola historia y un solo futuro». Y yo digo con la oración de la Iglesia: «Acuérdate, Señor, de nuestro hermano y padre, Su Beatitud el patriarca Juan, y concede a tus santas Iglesias que viva en paz, sano, con largos días, enseñando rectamente la palabra de tu verdad». ¡Felicidades!
5. Palabras de Su Beatitud el Patriarca cardenal Mar Bechara Boutros Rai
Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente de los Maronitas.
Hermano mío, Su Beatitud Juan X:
En este gran día en que la Providencia te ha llamado a sentarte en la sede de Antioquía y de todo el Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, me alegra, como hermano tuyo y Patriarca de la Iglesia maronita de Antioquía, traer a tu Beatitud la oración y el cariño del Santo Sínodo de nuestra Iglesia. Me acompañan nuestro Metropolita en Damasco, que está aquí, nuestro Metropolita en Latakia y dos Metropolitas de la curia patriarcal; por razones de fuerza mayor no ha podido venir nuestro metropolita de Alepo. En su nombre y en el de todos los maronitas de Siria, y de todos los maronitas del Líbano, de Oriente Medio y de la diáspora, clero y fieles, te decimos hoy, Beatitud, todo el amor y todo el afecto hacia tu persona y hacia la Iglesia de la que hoy has sido llamado a ser cabeza y pastor.
Llegas en un tiempo difícil para la querida Siria, adolorida y herida. Nosotros hemos vivido en el Líbano esa profunda herida de guerras absurdas. Venimos hoy a confirmar y subrayar los lazos de unidad, de amor, de afecto y de comunión entre nosotros. Y venimos también a decirte toda nuestra solidaridad con nuestro pueblo aquí, herido y dolorido, para proclamar juntos, con todas nuestras Iglesias en esta región del mundo y en Siria, donde tenemos raíces profundas, raíces de todos nosotros, que llevamos juntos el Evangelio de la paz, el Evangelio del perdón, el Evangelio de la dignidad y el valor de la persona humana. Porque cada ser humano, cada gota de sangre inocente que cae sobre esta buena tierra, es una lágrima de los ojos de Cristo. Un Dios que se hizo hombre para devolver a todo ser humano, sea cual sea su religión, su cultura, su opinión o su color, la afirmación de que el hombre tiene dignidad. Todo ser humano es criatura hecha a Imagen de Dios, redimida con la preciosa sangre de Cristo en la cruz, y llamada a ser socia de Dios en la construcción del camino de los hombres. Este es el contexto en el que eres elegido, Beatitud, por el Espíritu Santo y por el Santo Sínodo, pastor del Evangelio, y nosotros estamos contigo. Este es el fin por el que hoy estamos aquí todos: para decirte felicidades y decirte: Juan, tú llevas el nombre del santo querido al corazón de Jesús, a quien María recibió, desde lo hondo de los dolores de la cruz, su maternidad hacia toda la humanidad. Sé, pues, buen pastor, como lo eres, padre y pastor no solo de tu Iglesia, sino de toda Iglesia y de todo ser humano. Este es nuestro mensaje, que proclamamos hoy desde aquí, desde la iglesia de la Cruz, junto a la Iglesia del Mariyamieh donde está su sede, para afirmar que todos somos hermanos y hermanas y todos estamos llamados a proclamar la dignidad humana, de todo ser humano, y a preservar la vida humana, que es un valor sin precio. Y todo lo que se dice y se pide en nombre de las llamadas reformas, derechos humanos y democracias, nada de eso vale lo que la sangre de un solo inocente derramada.
Beatitud, Monseñores metropolitas: digo estas palabras también como patriarca, y junto a mi hermano Su Beatitud Gregorio, y las digo en nombre del Consejo de Patriarcas y Obispos Católicos del Líbano y del Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente: ¡felicidades, Beatitud! Estamos contigo en la oración; estamos contigo.
El Evangelio que se leyó sobre tu cabeza el día en que fuiste obispo, y tú, el buen pastor, ese Evangelio lo llevamos contigo en Siria, en el Líbano, en este Oriente, para que se extienda la paz, la reconciliación, la verdad y el amor.
¡Que vivan, Beatitud, por muchos años, ¡Monseñor!
6. Palabras de Su Beatitud el Patriarca Mar Ignacio Zakka I Iwas
Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente de los siríacos ortodoxos. Las pronunció Su Excelencia el obispo Pablo Souki, vicario patriarcal en Damasco.
Queridos hermanos: les leo la palabra de Su Santidad nuestro venerado Patriarca Mar Ignacio Zakka I Iwas, Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente, superior supremo de la Iglesia siríaca ortodoxa en todo el mundo, Beatísimo, que envió con ocasión de este acontecimiento histórico:
«Su Beatitud, nuestro hermano el Patriarca Juan X Yazigi, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, Beatísimo.
Beatitudes, Excelencias, Eminencias, Reverencias, autoridades, Padres sacerdotes, hermanos monjes y monjas, siervos de Dios:
Los saludamos a todos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y elevamos gratitud y alabanza a la divina majestad que, inspirada por el Espíritu Santo, eligió a nuestro hermano Su Beatitud el patriarca Juan X para sentarse, por gracia y con todo merecimiento, en la sede del apóstol San Pedro, y ser entronizado patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, como sucesor de nuestro hermano, de memoria eterna, el patriarca Ignacio IV Hazim. ¡Gloria al Señor Dios, que escuchó nuestras oraciones y las de todos los hijos de la Iglesia y los eligió, Beatitud, para pastorear a su buen pueblo con buen pastoreo, sobre todo en este tiempo en que la Iglesia militante en la tierra sufre numerosos desafíos y cambios, en medio de un clima de guerras y conflictos causado por el alejamiento del hombre de Dios, ¡qué es lo que desea el enemigo del bien y de la humanidad!
Les aseguramos, Beatitud, que, por la gracia de Dios, colaboraremos con un solo corazón y una sola mano para dar testimonio de la única fe de nuestras dos Iglesias antioquenas ortodoxas, y con nosotros en Damasco también nuestro hermano Su Beatitud el patriarca Gregorio III Laham, Beatísimo, para testimoniar juntos la continuidad de la antigua Iglesia de Siria en el cumplimiento de sus responsabilidades espirituales y nacionales, trabajando por la salvación de las almas y la extensión del reino de Dios en la tierra. Una labor que comenzó en tiempos de los apóstoles y continúa hasta hoy, pese a todas las dificultades que han atravesado nuestras Iglesias desde los albores del cristianismo, a causa de los cambios y transformaciones políticas y sociales, durante las cuales la Iglesia de Siria ha entregado un número incontable de mártires junto a nuestros hermanos musulmanes, que nunca han sido sino apoyo y amparo de sus hermanos cristianos.
Por ello, nos complace, en mi nombre y en nombre de mis hermanos, los venerables obispos miembros del Santo Sínodo de nuestra Iglesia siríaca ortodoxa, y de todos sus hijos, clérigos y laicos, en Oriente y en los países de la diáspora, presentar a Su Beatitud, a Sus Eminencias los venerables obispos miembros de su Santo Sínodo y a la Iglesia ortodoxa de Antioquía nuestras más cálidas felicitaciones, deseando a Su Beatitud éxito en el cuidado de la Iglesia de Cristo, y muchos años.
Señor mío, Beatitud: me duele en el alma no estar con ustedes en estos momentos históricos; me ha sido muy difícil asistir personalmente para alegrarme con ustedes con la alegría de un hermano por su hermano, aunque deseo con gran anhelo ir a Damasco, encontrarme con ustedes y aspirar el aroma del jazmín que se esparce por sus barrios. Damasco, capital de la gloria y de la historia. Al excusarme de participar en esta ceremonia de entronización, comparto con ustedes la oración por la querida Siria, para que el Señor Dios tenga misericordia de sus mártires y aparte las nubes negras que pesan sobre su cielo. Que su llegada a Damasco sea motivo de bendición para todos, y bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Axios, Axios, Axios!».
7. Palabras de Su Beatitud el Patriarca Karekin II
Católicos de todos los armenios ortodoxos, Etchmiadzin. Las pronunció Su Excelencia el arzobispo Avak Asadourian, arzobispo de Bagdad y sus dependencias.
Beatitud, me complace leerles la palabra de Su Santidad Karekin II, Católicos de todos los armenios, desde la santa sede de Etchmiadzin:
«Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, Beatísimo, nuestro hermano en Cristo, a quien sea la gloria: desde el Catolicosado de los armenios ortodoxos, en la santa Etchmiadzin, les enviamos nuestros saludos fraternos y espirituales con motivo de su elección como patriarca en la sede de Antioquía. Bajo el cuidado y la protección de Dios se les ha confiado el histórico trono patriarcal de Antioquía en este tiempo difícil que atraviesan Siria, la patria, y la región de Oriente Medio; Siria, querida por todos los corazones que anhelan la paz.
Su elección a este cargo los ha hecho primer servidor de la Iglesia hermana de Antioquía y buen pastor para el servicio, por su capacidad y su fuerza para comunicarse con la feligresía y sus hijos y para continuar la cooperación con todas las Iglesias hermanas y las religiones de Siria.
Que Dios los inspire y les dé fuerza y vigor para continuar la obra de su predecesor atendiendo a los intereses espirituales de la feligresía de Dios, para tomar buenas iniciativas en este tiempo difícil y para trabajar por el diálogo entre las religiones.
Recordamos con gran alegría la profunda y antigua relación entre la Iglesia armenia ortodoxa y las Iglesias de Siria, y especialmente con el histórico Patriarcado de Antioquía. Por nuestra parte, recordamos que nuestros antecesores y los suyos mantuvieron siempre una buena relación fraterna durante muchos siglos.
Por voluntad de Dios, nuestras Iglesias han trabajado con empeño constructivo en la obra de la paz y en ayudar y servir a los necesitados. Sí, la relación fraterna entre nuestras dos Iglesias continuará para gloria del Señor y para traer la paz a Siria y a Oriente Medio, de modo que todos, con todas sus religiones y creencias, gocen de la gracia de la fraternidad entre todas las sensibilidades.
Que el Señor Todopoderoso proteja bajo su eterno cuidado a los hijos del Patriarcado de Antioquía de la Iglesia Ortodoxa Griega, al gran pueblo sirio y a Su Beatitud, que haga despuntar la paz sobre la bendita tierra de Siria, y que nuestro Señor les conceda muchos años y fuerza espiritual como primer servidor en el campo de la sede patriarcal de Antioquía.
Bendito sea este día en el amor del Señor Jesucristo.
Karekin II, Católicos de todos los armenios. Gracias».
8. Palabras de Su Excelencia el nuncio apostólico en Damasco, monseñor Mario Zenari
Beatitud: tengo el honor y la alegría de transmitirle el amor y la bendición de Su Santidad el papa Benedicto XVI, junto con mi bendición y mi afecto personales.
Como Su Santidad le confirmó en su mensaje de felicitación, [le transmito] el sentido y la importancia de la presencia cristiana en Oriente y la necesidad de trabajar por restablecer la unidad de los cristianos para dar un mejor testimonio del Evangelio en la región. Pedimos a Dios que nos ayude y bendiga a Siria.
9. Homilía de Su Beatitud el Patriarca Juan X: «Nuestra preocupación común es agradar al Señor»
Damasco, Iglesia de la Santa Cruz, 10 de febrero de 2013.
Homilía de Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, en la ceremonia de su entronización.
Queridos míos, hijos míos:
Damos gracias al Señor, nuestro Dios, que nos ha concedido, durante los dos últimos meses, celebrar su manifestación en la carne como hombre y su manifestación como Dios que viene a nosotros para salvarnos. Sabemos que Jesús, una vez cumplida su obra de salvación, que se consumó con la muerte en la cruz y con la resurrección de entre los muertos, tras subir en su cuerpo al cielo del que había descendido y sentarse en la gloria a la derecha de Dios Padre, nos envió al Espíritu Santo, para que habite en el corazón de todo el que lo invoca, de modo que el Señor Jesús se le manifieste y le recuerde todas sus palabras y enseñanzas. El Espíritu Santo muestra a Jesús, en primer lugar, en la Iglesia, que es su cuerpo y que él quiso «una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; (Ef 5, 27). Y lo hace presente también, dentro de la Iglesia, en la palabra de su Evangelio, en el cuerpo y la sangre del sacramento de su acción de gracias, en el encuentro de sus hermanos reunidos en su nombre y en cada persona, especialmente en todo pobre, desamparado y quebrantado en quien él quiso habitar. Lo manifiesta igualmente en todo lugar donde el Espíritu sopla donde quiere, haciéndolo presente, oculto, en todas las religiones y culturas.
Jesús, el Emanuel, está siempre presente, aquí y allá, entre nosotros. Está siempre con nosotros, dispuesto a salir a nuestro encuentro. Se alegra con nuestras alegrías, se complace en nuestra santidad y llora con nosotros en nuestras desgracias y penas. Llora también por nosotros cada vez que, pastores y fieles, descuidamos vivir según sus enseñanzas, y cada vez que nuestros pecados cubren su rostro ensangrentado y glorioso e impiden que el mundo lo encuentre en su Iglesia y a través de nosotros.
Vengan, hermanos míos, en este día bendito en que se me confía la cruz de pastorear esta Iglesia antioquena, grande por su historia, a unirnos y colaborar para mostrar esa grandeza y vivirla. Y eso comenzará por escuchar juntos a Jesús, como oramos cada día en nuestras plegarias: «Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios» (Sal 142, 10).
Al Señor no le agrada ver que la unidad que quiso entre los hijos de su pueblo se resquebraja y que su pueblo se divide en bandos. Juntos formamos el pueblo de Dios, un pueblo lleno de dones, una nación santa, un sacerdocio real. Cada uno de nosotros pone en práctica, al servicio de los demás, los dones que el Espíritu le ha dado. El pastor es el primer servidor, el que se entrega por los miembros de su rebaño, llamando a cada uno por su nombre, a imagen del único Buen Pastor, que dio su vida por los que amaba. El pastor no manda «como quien tiene autoridad» (Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios 3, 1), como dijo san Ignacio de Antioquía, uno de los primeros grandes pastores de nuestra Iglesia, en su carta a los efesios. Manda con entrega y con amor. Manda con la cruz a la que sube por elección, a ejemplo del Maestro. Le corresponde velar por los dones de los miembros de su rebaño, discerniendo lo bueno que hay en ellos para desarrollarlo, e invitar a cada uno a colaborar en la obra del Reino, que empieza en esta tierra, en la Iglesia. Y la feligresía, por su parte, debe poner todas sus capacidades al servicio de la Iglesia, que es nuestra verdadera madre, para participar en su servicio, lejos de toda vanidad y engreimiento, con el fin de hacer resplandecer el rostro de Cristo, bajo la guía de su obispo, que la llama siempre al amor y al servicio mutuo. «Uno solo es su maestro, y todos ustedes son hermanos» (Mt 23, 8). Hagamos, pues, realidad esa fraternidad, en el respeto mutuo y en el salir de nosotros mismos, a imagen del Dios que nos amó hasta la muerte.
Al Señor no le complace ver que su Iglesia, llamada a cuidar de todos, no se ocupa lo bastante de los pobres, esos pequeños a quienes amó, ni hace de ellos uno de los fines de sus instituciones y actividades. Jesús quiere que nadie padezca pobreza, sobre todo cuando ve que no nos faltan ni el dinero ni los medios. Tengamos presente lo que dijo Juan Crisóstomo, ese gran pastor salido de Antioquía, recordándonos a cada uno: «Tú no posees nada de lo que es tuyo, sino que es de los demás… es tuyo y de tu prójimo, como el sol, el aire y la tierra» (Homilía 20 sobre la Segunda carta a los Corintios).
A Jesús le duele ver que muchos de nuestros hijos, sobre todo jóvenes, andan a la deriva en su pensamiento y se alejan de la Iglesia o se hunden en una indiferencia asfixiante. Debemos poner en primer lugar de nuestras prioridades su regreso a Cristo y a su Iglesia, para alegrarnos con el retorno del hermano pródigo e invitarlo a ocupar el lugar que le corresponde en la obra de la Iglesia. ¿Por qué no buscamos con seriedad las verdaderas causas de esta emigración de nuestros jóvenes? ¿Por qué no desarrollamos modos de cuidado pastoral que salgan a su encuentro y los convenzan no solo con palabras, sino mediante una vivificación litúrgica y una enseñanza que recupere lo auténtico de nuestra tradición y sacuda la rutina de algunas de nuestras prácticas? Debemos inventar lo que les permita adentrarse en lo profundo de nuestra liturgia inspirada y beber de ella, y mostrarles que les abrirá horizontes y más horizontes para entrar en el corazón de Dios y de los hermanos. Tenemos por delante una gran tarea para modernizar los métodos de nuestra pastoral y los programas y planes de nuestra formación. Una tarea así exige la contribución del sacerdote, del monje y de la monja, del laico y de la laica, y debe apoyarse también en el saber del teólogo, del especialista en educación y de quienes trabajan en el campo de la pastoral y de la acción social.
Sí, los jóvenes son la riqueza de la Iglesia. Son sus embajadores en este mundo que cambia de rostro a una velocidad vertiginosa. Queremos que asuman este papel de embajadores con toda seriedad y que sepan que toda la Iglesia necesita su empuje y el compromiso en el que los jóvenes saben sumergirse mejor que nadie, consagrando su vida a la meta que se proponen. Debemos hacerles conscientes del lugar especial que tienen en la Iglesia de Cristo, «que amó al joven rico» y se entristeció cuando este se marchó. Los jóvenes son siempre ricos en juventud, entusiasmo, impulso y en los muchos dones que Dios les da. Los necesitamos, y los animamos siempre con nuestro amor a trabajar en la obra de la Iglesia y a sentirse responsables en ella y de ella, junto con todos sus hermanos, y en especial con aquellos a quienes Dios quiso que velaran por la comunidad. Si los amamos como Cristo ama, la relación con ellos será de fraternidad, afecto y respeto mutuo, y así superarán toda oposición entre obediencia y autoridad; vivirán como hijos de una misma familia, obedeciendo a quien obedece en ella a Cristo, y la autoridad se hará obediencia y la obediencia, autoridad de amor.
Tampoco agrada al Señor vernos aferrados a la letra, rígidos en ella, sin espíritu ni vida, pues la Iglesia está viva por el Espíritu Santo y por él se ha adaptado a todas las generaciones. La Tradición de la Iglesia no es algo inerte que se repite sin conciencia, sino instrumento de salvación y de comprensión del misterio divino. Vivimos en una época que a menudo rechaza toda tradición, y esto repercute negativamente en nuestros jóvenes. Nuestra Iglesia acompaña siempre a su tiempo, porque Cristo la quiso testigo suyo en todas las épocas. Y acompañar una época como la nuestra exige, ante todo, que quitemos el polvo acumulado sobre nuestras tradiciones por nuestros pecados y por el paso de los siglos, y que trabajemos para recuperar lo auténtico en todos sus elementos. La modernidad es una gracia que nos invita a reavivar las raíces de nuestro culto y de nuestra enseñanza, y a distinguir entre la Tradición santa y las tradiciones a las que a menudo nos aferramos, entretenidos con la cáscara y olvidando la vida que fluye de ella. El testimonio de la Iglesia en nuestro tiempo exige que sepamos discernir en la modernidad, donde lo bueno abunda. Debemos servirnos de ello para atraer a nuestro pueblo, que se adapta cada vez más a la cultura moderna que se extiende por el mundo. Nuestra Iglesia no debe temer emplear los medios que existen en nuestra época para modernizar sus prácticas y tender puentes hacia su pueblo con modos y palabras que entienda. Así lo hicieron los santos Padres cuando se sirvieron de la filosofía griega, dominante en su tiempo, para transmitir el Evangelio y sus enseñanzas en un lenguaje comprensible para quienes se dirigían. Y debemos imitarlos si queremos seguir siendo fieles en la transmisión del mensaje. La fidelidad consiste en lograr que la vida de Cristo palpite en nuestros rostros, en nuestros cultos y en todo lo que forma nuestra Iglesia, de modo que la gente encuentre en ella el camino de la salvación. Y, al final, la renovación no consiste solo en actualizar textos y hacerlos comprensibles en el lenguaje del hombre de hoy, sino también en renovar el alma humana y sus conceptos, y mantenerla unida al rostro de Jesús, con la mirada puesta en él. Entonces la modernización humana interactúa con el corazón del hombre y da a luz la salvación del hombre.
Cabe decir que el Señor se entristece al ver que la violencia y que el asesinato domina en algunos de nuestros ambientes, como sucede en la querida Siria en estos días difíciles que vivimos. Tenemos allí muchos hermanos desplazados de sus hogares y de su patria, sin trabajo ni sustento. El amor es enemigo de la muerte y de toda violencia, venga de donde venga. Debemos considerar la causa de estos hermanos desplazados como la nuestra, sostener a quienes sufren estas situaciones trágicas y volvernos hacia ellos con una mirada de amor. Mucho se ha hecho en este terreno, pero hay que hacer más, pues Jesús sufre en cada uno de ellos. ¿Nos volvemos hacia él en ellos? ¿No es justo que nos movilicemos para servirles, de modo que Jesús nos haga reservar parte de nuestros bienes para ellos, como «administradores de lo divino», según la expresión de uno de los grandes santos de nuestra Iglesia, Máximo el Confesor? Y en este campo no podemos dejar de cargar con la cruz de nuestros países, orar y trabajar por la reconciliación y por instaurar la fraternidad, la paz, la justicia y la libertad en nuestras tierras, rechazando con firmeza toda violencia y todo odio.
¿Acaso no se entristece Jesús cuando ve que algunos de nosotros, pastores o fieles, actuamos lejos del espíritu de su Evangelio, y nuestra conducta se convierte en tropiezo para muchos, en lugar de guiar a las personas a imitar a Jesús y a adquirir sus actitudes? Necesitamos, pues, una conversión personal y comunitaria, medidas concretas y una confianza total en Dios, para que nos perdone y nos impulse a lo que le agrada, porque «a quien desea a Dios y siempre descansa en él, Dios se le deja ver; pues Dios está presente en todas sus criaturas», según dice san Juan Damasceno.
Aquí cobra importancia la buena formación sacerdotal y el empeño por encontrar pastores según el corazón de Dios, serios y comprometidos con la sublime misión del sacerdocio, que trabajen en la obra de la Iglesia, que Dios nos pide con insistencia ensanchar. Invito a nuestros jóvenes a dar el paso hacia este servicio eclesial con humildad, firmeza y gran amor a Dios, recordando lo que el Señor dijo a Pedro: «Si me amas, apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15). Y para ayudar a estos sacerdotes a completar y llevar a buen término su camino, procuraremos acogerlos, velar por su preparación y proveerles de todo lo necesario para el éxito de su ministerio, y cuidar de que tengan una vida digna, sin olvidar el papel fundamental que corresponde a la feligresía en este campo.
El monacato desempeña en este contexto un papel importante en la vivificación de la vida espiritual y del renacer eclesial, mediante esos «oasis espirituales», me refiero a los monasterios, cuyo lugar en esta sede bendita Dios nos ha concedido recuperar en los últimos cincuenta años, sede que vio nacer el monacato en los primeros siglos del cristianismo. Necesitamos monasterios cuyos miembros vivan la comunión fraterna en la oración, el combate espiritual y el trabajo, llevándonos a todos en sus plegarias. Estamos seguros de que su oración protege al mundo y a cuantos lo habitan, y fortalece el trabajo en la obra de la Iglesia.
Jesús quiere que entre nosotros todo se haga con decoro, orden, sabiduría y concierto. Respetamos nuestras normas y leyes, y procuramos actualizarlas si hace falta, quitar los obstáculos que impiden su aplicación y trabajar con empeño por aplicarlas. Porque las leyes no son normas rígidas, sino expresión de la vida de la Iglesia y de su unión en torno a su Señor. De igual modo, debemos lograr que las instituciones con que Dios nos ha bendecido, gracias al empeño de nuestros justos antecesores, sean más conscientes y estén más presentes para afrontar los desafíos del mundo moderno del consumo, procurando beber de nuestro patrimonio y de las luces del Espíritu en nosotros lo que les facilite dialogar con este mundo y dar a nuestros hijos los medios para mantenerse firmes frente a lo dañino de sus desafíos y adaptarse sin miedo ni encierro a lo positivo que trae. No hay justificación para la existencia de una institución en la Iglesia, por importante que sea su papel cultural y social al servicio de los hijos de Dios, salvo la de ser testigo de Jesús y transmitir, a su manera, sus enseñanzas.
Jesús quiso que su Iglesia fuera luz del mundo. Y la luz no se pone bajo el celemín, sino que debe brillar en las mentes y en los corazones de nuestros contemporáneos. Debemos convocar todas nuestras fuerzas vivas y procurar ponerlas al servicio de su madre, nuestra Iglesia antioquena, para que conserve ese resplandor luminoso que nuestra sede apostólica ha producido a lo largo de la historia. Y aquí no olvidamos el gran papel del Instituto Teológico de San Juan Damasceno y de la universidad de nuestra Iglesia ortodoxa, la Universidad del Balamand, en la renovación de nuestra visión pastoral, en el salir de nuestro propio encierro y en ayudar a encontrar la palabra adecuada para afrontar los muchos desafíos que enfrenta nuestra generación, ni el papel de nuestras demás instituciones educativas, humanitarias y de otro tipo.
Alegramos al Señor cuando trabajamos, pastores y fieles, por consolidar la unidad de las Iglesias ortodoxas y por acompañarlas en su camino hacia el futuro Gran y Santo Concilio, y por afrontar los desafíos que las apartan de su unidad. Y aquí no olvidamos el papel fundamental que desempeñan en este ámbito la Iglesia de Constantinopla y el Patriarcado Ecuménico. Seguiremos siendo en Antioquía un puente de comunicación entre todos, apoyando toda decisión tomada por consenso de las Iglesias y trabajando siempre por hallar las soluciones capaces de mostrar el rostro de Jesús, y solo el suyo, en su Iglesia, lejos de toda gloria mundana, para la salvación del mundo.
Jesús no puede sino llorar al ver el mundo cristiano despedazado, la distancia que se ha abierto entre sus partes y el retroceso del trabajo ecuménico en los últimos tiempos. Debemos orar con Jesús, y con todos los hermanos que le pertenecen, «para que sean uno» (Jn 17, 11). Y debemos comprender que esta unidad es condición indispensable «para que el mundo crea» (Jn 17, 21). El alejamiento de la gente de la fe, su indiferencia hacia el amor del Señor y el poner toda su esperanza en el hombre, lejos de Dios, que lo creó a su imagen y lo llamó a asemejarse a él y a la divinización, no es sino una señal entre muchas otras que nos urgen a trabajar sin descanso para restablecer los lazos entre las Iglesias, orientales y occidentales, y la cooperación práctica entre sus hijos en los campos del servicio y la pastoral, a fomentar el diálogo para conocernos mejor y a tomar iniciativas proféticas y audaces, para que Dios nos conceda llegar, cuando él lo juzgue oportuno, a compartir el único cáliz, y poder entonces decir a quien nos pregunte por nuestra fe: «Ven y ve» (Jn 1, 46). Ven y sé testigo de cómo nuestro amor mutuo brota del amor a Aquel que nos amó primero y se entregó por nosotros.
A Dios no le agrada ver que la convivencia amorosa con quienes comparten con nosotros una misma patria y no son cristianos retrocede aquí y allá por diversas razones, unas políticas y otras por el recurso, entre nosotros y entre ellos, a tendencias fundamentalistas que nada tienen que ver con la religión auténtica. El amor no conoce el miedo ni la hostilidad, sino que «el amor es paciente, es servicial, [el amor] no es envidioso ni busca aparentar, no es orgulloso ni actúa con bajeza, no busca su interés, no se irrita;» (1 Co 13, 4). El amor es nuestra consigna y nuestra arma. Nosotros, los antioquenos, somos una Iglesia oriental con raíces hondas en nuestra región y en nuestro Oriente árabe. Y somos, junto con nuestros hermanos musulmanes, hijos de esta tierra. En ella nos quiso el Señor para dar testimonio de su santo nombre, y en ella debemos permanecer, fomentando la convivencia digna y rechazando todo rencor, miedo y vanidad.
Queridos hermanos musulmanes: con ustedes no solo compartimos la tierra y el destino. Juntos hemos construido la civilización de estos países y compartimos cultura e historia. Por eso debemos guardar juntos esta preciosa herencia. Y compartimos también la adoración del Dios único y uno, el Dios verdadero, luz de los cielos y de la tierra.
Somos una Iglesia y no una simple confesión entre las demás. La Iglesia abarca a la comunidad confesional y no la niega. Pero la Iglesia no es una comunidad cuyos intereses se detienen en sus fronteras y no van más allá, porque nuestro Señor nos pidió amar a todos y buscar el bien de todos. Esto no significa que no nos ocupemos de los asuntos de esta buena comunidad que forma el tejido social de nuestra Iglesia; al contrario, debemos hacerlo, con un espíritu evangélico abierto a todos sus componentes. Oramos sin cesar por todos sus miembros, porque así «los conducimos al Señor» (Ignacio de Antioquía). Queremos escucharlos a ellos y sus problemas y dificultades, y contribuir a resolverlos. Sabemos que muchos emigran por miedo o inquietud por su porvenir, y otros emigran en busca del pan de cada día. Estas cuestiones están en el corazón de la misión de la Iglesia, que debe atenderlas con seriedad, empleando las capacidades, recursos y bienes de fundación de que dispone, para que se queden en nuestras tierras. En cuanto a quienes se han ido y a quienes se irán, la Iglesia debe hallar formas eficaces de continuar su atención pastoral en los países de la diáspora, por medio de las archidiócesis antioquenas establecidas allí. Pero debemos, dondequiera que estén, invitarlos siempre e insistentemente a «imitar a Cristo como él imitó al Padre» (Ignacio, Carta a los Filadelfios 7, 2), recordándoles a todos que son «compañeros de camino y portadores de Dios» (Ignacio, Carta a los Efesios 9, 2); porque sin Dios, y sin volver a él con humildad y corazón sometido, las agrupaciones humanas no tienen sentido, ni presente ni futuro.
Hermanos míos, hijos míos: nuestra preocupación común es agradar al Señor. Este es el gran desafío al que los invito, junto con mis colaboradores en el servicio, los miembros del Santo Sínodo de Antioquía, nuestras archidiócesis en la patria y en la diáspora y todos los hijos de nuestra Iglesia. La sede de Antioquía es una y unida, y trabajaremos para que siga siéndolo; más aún, para que resplandezca cada vez con mayor brillo y claridad. Que ninguna archidiócesis se encierre en sí misma, sino que busque con sus hermanas la cooperación y el apoyo mutuo, abiertos a las Iglesias ortodoxas y a las Iglesias cristianas hermanas y a todas las personas de buena voluntad. La meta de nuestra sede es que Jesús no se avergüence de nosotros. Y todos debemos estrecharnos en el amor y la unidad para alcanzar este fin. Ayúdenme para que lleguemos a él y nuestra Iglesia resplandezca con su luz sobre nuestros rostros, sirva y sea signo de paz, fraternidad y comunión, que este mundo en retroceso, que busca el sentido de la vida, pueda imitar. Y sabemos que este sentido está en nosotros, aunque a menudo lo ocultamos tras nuestras pasiones y pecados. Invito con humildad y fraternidad a todas nuestras archidiócesis a movilizarse para quitar el polvo de la perla preciosa que les ha sido confiada y, con la unión de los hijos de cada una y su participación en el servicio, ser testigo de su Señor y nuestro único Señor, que nos rescató con su preciosa sangre, y que quiere que la Iglesia antioquena, donde por primera vez fuimos llamados cristianos, recupere el papel de vanguardia que desempeñó antiguamente.
Por último, y no por ello menos importante, quisiera expresar mi agradecimiento, en mi nombre y en el del Santo Sínodo de Antioquía, a los gobernantes de Siria y del Líbano y a sus pueblos, asegurándoles que todo lo que afecta a ambos países nos afecta en lo más hondo; y de igual modo a los demás Estados de nuestro Oriente árabe, pidiendo a Dios que aparte de ellos todo mal, violencia y destrucción y los conduzca a la paz y a una vida digna.
Mensajes de felicitación
A. De los primados de las Iglesias Ortodoxas
1. Mensaje de Su Santidad Bartolomé I, Arzobispo de Constantinopla y Patriarca Ecuménico
Beatitud, Santidad, Patriarca de la ciudad de Dios, la gran Antioquía, y de todo el Oriente, queridísimo hermano en Cristo Dios y colaborador nuestro en el ministerio, Rvdmo. Juan. Recitamos con gran alegría sus títulos, saludando fraternalmente en el Señor, con calor, a su venerable Beatitud.
Con sentimientos de emoción, alegría y gozo espiritual participan hoy la Gran Iglesia de Cristo, la Santa de Constantinopla, la Sede Apostólica Santísima, el Trono Patriarcal Ecuménico, y Nuestra Humildad, en comunión de oración y de espíritu, y al mismo tiempo por medio de nuestros representantes, los Santísimos Metropolitas de Francia y de Brusa, Rvdmos. Emmanuel y Elpidóforo, que es el gozo de la Iglesia entera.
En esta hora propicia elevamos gloria y alabanza, junto con los demás obispos hermanos en Cristo y con toda la plenitud de la Iglesia, a Aquel que gobierna con sus maravillas su Iglesia y sus asuntos, y siempre todo lo que conviene, el Señor santo, porque el báculo patriarcal se entrega a su Beatitud, tan querida para nosotros, como signo de su cuidado del pueblo fiel, amado por todos, que a lo largo de los tiempos pastorearon primero los santos apóstoles del Salvador y luego una cadena de oro de patriarcas de Antioquía, como Ignacio el Teóforo, entre ellos los grandes Padres, maestros de la ecúmene y gigantes espirituales de enorme talla, y el último, su predecesor inmediato, Ignacio IV, de memoria eterna.
Usted, Beatitud, tras haberse formado y haber sido bien probado, tomó los primeros principios de la vida espiritual en el huerto de la Madre de Dios, en el Monte Santo Athos, y ahora puede ayudar a quienes están en la prueba, cuando se ciña la toalla del servicio, de la prueba, de la responsabilidad y de la dignidad.
La providencia del Señor lo condujo a la diáspora, donde sirvió con éxito y dio fruto durante años, y ahora, por la voluntad de Dios que es inescrutable, ha sido devuelto a su patria, para padecer con el pueblo de Dios y ser probado por las dificultades, «considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto» (Hb 11, 26). Y como enseña San Macario el egipcio: «Hay muchos que, en apariencia, son justos y a quienes la gente considera cristianos; pero la competencia de los profesionales y los expertos pone a prueba si estos poseen realmente el sello y la imagen del Rey».» (Homilía 35, ΒΕΠΕΣ 41, 320). La prueba de la autenticidad del sello de Cristo Rey está en participar en sus padecimientos. Por eso el apóstol Pablo da testimonio desde su experiencia: «en trabajos más abundante; en azotes sin número; » (2 Co 11, 23), queriendo mostrar así que sufrió más que los demás y que llevó la cruz con Cristo más que ellos. Así también usted hoy, Beatitud: sin haberlo buscado nunca, sin plan previo, ha sido elegido por inspiración del Consolador para cargar con la cruz de pastorear y guiar al pueblo, a ejemplo de Cristo, y está llamado a participar de sus padecimientos y pruebas más que todos. Usted es ahora el animador del pueblo y el sabio piloto que dirigirá la nave de la Iglesia. Usted es el buen pastor que da la vida por las ovejas.
Es verdad, hermano Rvdmo, que la Santa Iglesia de Antioquía ha luchado con valentía histórica entre dificultades, angustias, tribulaciones y pruebas, y ha vivido la vida de la cruz y de la resurrección. Ha dado a la Iglesia mártires y santos tan numerosos que es difícil contarlos. Y gracias al heroísmo de sus hijos, durante dos milenios se celebra el servicio de los sagrados misterios plácidos en estas tierras, por donde caminaron los hermosos pies de los apóstoles, que anunciaron a lo largo de los tiempos la verdad y la paz que no se pueden arrebatar, desde que el amado Maestro les encomendó: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mt 28, 19-20). También usted ha sido llamado a ir y hacer discípulos, hasta que Cristo se forme en el corazón de todos, el Juez justo resucitado de entre los muertos, que abolió la corrupción, la injusticia, la inhumanidad, el odio y la muerte, y con amor venció a todos.
Por eso los fieles ortodoxos que están bajo su cuidado miran a su amor y esperan de él, con buena esperanza, que los reúna como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas. Y desde ahora, toda la Iglesia lo mira con buena esperanza para que ofrezca a la Iglesia de Antioquía, hermana amada en Cristo, el sentido de otra manera de vivir y el aliento de otro reino, que «no es de este mundo» (Jn 18, 36), para que su imagen se transforme y «compruebe cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Rm 12, 2). A usted mira el pueblo para hallar el sentido más hondo de la vida cristiana, cuya meta, como enseña San Serafín de Sarov, lo esencial es la adquisición del Espíritu Santo, y no la conformación a situaciones inmorales, ya sea en sentido estricto o amplio de la palabra, ni su adopción, ni siquiera la aceptación de desviaciones como estas. A vosotros mira la comunidad de monjes ermitaños, que dio, al cultivar la tierra de Siria y del Líbano, abundantes y luminosos frutos a lo largo de los siglos, para que cuidéis y hagáis fructificar el talento inestimable que se os ha confiado: el talento de la vida angélica.
Nuestra esperanza, hermano honorabilísimo, es que exhorte sin cesar al pueblo de Dios a la conversión, a volver a Cristo, el que no miente, el único capaz de salvarnos de las dificultades, y que predique la cruz y la resurrección, para que alcance «la promesa de la nueva alianza, que el Señor consagró con la cruz y la muerte, destruyendo las puertas del infierno y del pecado, sacando a las almas fieles, poniendo dentro de ellas al Consolador y elevándolas a su reino» (San Marcos el Egipcio, obra citada).
Por eso, con palabras de felicitación y con buena esperanza y expectativas, imploramos al Espíritu Consolador que conceda a su queridísima Beatitud amor paternal, mansedumbre de la verdad, afectos de compasión, bondad sincera y la plenitud de todos sus frutos, para que el tiempo de su patriarcado esté lleno de bendiciones y obras buenas, de verdad y justicia, y conduzca a la salvación de todos los fieles ortodoxos de su país, al florecimiento de la Iglesia y a la gloria de Dios.
Y, en fin, con sentimientos de alegría y gozo, saludamos a su Beatitud felicitándola con el beso de fraternidad y de camino compartido en el combate del servicio de la viña del Señor, con profundo amor en él y sumo respeto.
Su hermano que lo ama en Cristo, del Venerable Beatitud
Bartolomé, Patriarca de Constantinopla
8 de febrero de 2013
2. Mensaje de Su Beatitud el Patriarca Kirill, patriarca de Moscú y de toda Rusia
Beatitud:
Querido hermano en Cristo y colaborador en el servicio ante la sede de Dios por designio divino, por voluntad del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa de Antioquía y bajo la guía del Espíritu Santo: usted ha sido llamado al servicio patriarcal y se sentará ahora en la sede heredada y glorificada de los dos príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo, en el destino para el que Dios lo ha elegido.
En Antioquía llamaron cristianos a los seguidores del Salvador del mundo. Y, aferrada con firmeza a la confesión (Hb 4, 14) que aprendió de los santos apóstoles, la Iglesia de Antioquía, con la sangre de sus muchos hijos, ha consolidado la fuerza de la fe invencible.
La comunidad cristiana de la gran ciudad de Antioquía fue la mayor del mundo y se glorió de numerosos santos, teólogos y luchadores ilustres.
A través de la obra de sus bienaventurados predecesores, Sus Beatitudes los Patriarcas Alejandro, Teodosio, Elías e Ignacio, la Iglesia de Antioquía difundió su mensaje salvífico más allá de las fronteras de Siria, el Líbano y otras tierras de Oriente. Las parroquias de la Santa Iglesia de Antioquía incluyen hoy la diáspora árabe en Europa occidental, América y Australia, y miles de personas han abrazado la Ortodoxia gracias a sus predicaciones, hechas con verdadero celo apostólico.
Esas parroquias dispersas las ha confiado el Señor, para hoy, a los cuidados de su Beatitud.
Usted recibe el alto y responsable ministerio presidencial en tiempos no fáciles para los cristianos de Oriente Medio, pues su fe se ve de nuevo sometida a pruebas mientras las condiciones de vida en sus países se han vuelto más complejas.
En tales circunstancias, quien tiene sobre sí una responsabilidad eclesial es verdaderamente crucificado con Cristo y, al mismo tiempo, por su obra por el Señor, recibe salario y recoge frutos para la vida eterna (Jn 4, 36).
El ministerio del primado de la Iglesia es especialmente difícil, pues debe representar y defender personalmente a toda la Iglesia a la que alimenta espiritualmente, en sus relaciones con un entorno que no siempre es aliado a la amistad y de la paz.
En esta situación extraordinaria, la Santa Iglesia de Antioquía no se quedará sola.
Los lazos fraternos y el amor evangélico que unen a los seguidores de Cristo se manifiestan con claridad en los años de prueba. La Iglesia que su Beatitud preside en Siria y el Líbano siempre podrá contar con el apoyo de la Iglesia ortodoxa rusa, como ha ocurrido más de una vez a lo largo de la historia.
Envío a la ceremonia de su importante ascenso a la sede patriarcal de Antioquía a una delegación de nuestra Iglesia. Con ella le transmito mis deseos y oraciones para que se le concedan la fortaleza del ánimo y la fuerza del cuerpo al comenzar su ministerio.
Que el Señor derrame su gracia sobre su presidencia de la Santa Iglesia de Antioquía, devolviendo la paz a la antigua tierra de Oriente, y multiplique entre sus pueblos la firmeza en la fe y el éxito en el buen culto para usted y para todos los que se le han confiado, clero y pueblo.
+ Con amor fraterno en Cristo
Kirill
Patriarca de Moscú y de toda Rusia
3. Mensaje de Su Beatitud el Patriarca Teófilo III, Patriarca de Jerusalén
2 de febrero de 2013.
Beatitud, Santísimo, Patriarca de la ciudad de Dios, la gran Antioquía, y de todo el Oriente. Queridísimo hermano en Jesús y compañero en nuestra debilidad en el ministerio, Rvdmo. Juan. Abrazamos con amor fraterno en el Señor a su honorabilísima persona y nos dirigimos a usted con profunda alegría.
Como no hemos podido participar personalmente en el gozoso acontecimiento de la entronización de su querida persona, tan estimada para nosotros, en el trono de la gran Iglesia de Antioquía, glorioso por sus mártires, enviamos con alegría una venerable delegación que nos representa, compuesta por el venerable Jefe de la Secretaría, Arzobispo de Constantina, Rv.Aristarco; nuestro representante en Chipre, Metropolita de Bostra, Rv. Timoteo; y el Superior de nuestro monasterio patriarcal de Ramala, Archimandrita Galaction.
Esta delegación nuestra les trae, desde la Ciudad Santa de Jerusalén, nuestra cordial felicitación a Vuestra Beatitud por haber sido hallado digno de esta elección y entronización. Desde vuestra juventud se había distinguido por vuestra formación secular y cristiana, por la teología ortodoxa, la escritura y la producción literaria, y por la vida monástica. Deseamos desde lo más hondo que la fuerza de la Palabra de Dios y de su Hijo encarnado, que trajo la alegría a todo el mundo por medio de la Cruz, guíe por medio de Vuestra Beatitud la nave de la Iglesia de Antioquía, firme, inconmovible y a salvo, hacia pastos de salvación, y que llevéis un mensaje de diálogo, reconciliación y paz en vuestra patria y más allá de ella.
Por ello, le pedimos que acepte los humildes regalos de nuestro amor, hechos por fieles de Belén, miembros de nuestra Iglesia.
Para concluir, lo abrazamos con el beso santo desde el Sepulcro vivificante, santísimo.
Su hermano, Beatitud
Teófilo III, Patriarca de Jerusalén
En la Ciudad Santa de Jerusalén, 2 de febrero de 2013
4. Mensaje de Su Beatitud el Patriarca Elías II, Católicos-Patriarca de Georgia
16 de febrero de 2013.
A Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de la gran ciudad de Dios, Antioquía, y de todo el Oriente.
Beatitud, hermano mío y querido colaborador en el servicio, amado en Cristo:
Quiero felicitarlo de todo corazón por su elección y entronización como Patriarca de Antioquía, la más antigua de las Iglesias.
La Iglesia de Antioquía es muy conocida por muchos de sus patriarcas. Hoy se le ha confiado a usted el cargo de patriarca de ella, y estoy seguro de que esta antigua sede permanecerá firme, bajo su cabecera, en estos tiempos difíciles e inquietantes.
Nuestra Iglesia tiene una relación especial con el santo trono de Antioquía, y Antioquía es, históricamente, la madre de la Iglesia ortodoxa en Georgia. Por ello deseo que la relación entre nuestras dos Iglesias siga fuerte en sus días.
Elevo mis oraciones al Señor, por la intercesión de los Santos Pedro y Pablo, para que envíe sobre usted la gracia del Espíritu Santo y le conceda una larga vida agradable a Dios.
Es mi esperanza que la santa Iglesia de Antioquía se fortalezca y florezca con su servicio, engrandezca al Señor y afiance la fe ortodoxa.
Una vez más felicito a los Metropolitas de la Iglesia antioquena, a los sacerdotes y a los monjes por este día, y le bendigo esta función con amor y con el beso fraterno.
Su hermano en el amor de Cristo
Elías II
Católicos-patriarca de toda Georgia
5. Palabras de Su Beatitud Crisóstomo II, Arzobispo de Chipre
Beatitud, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega, señor Juan:
Hemos venido hoy «con pies gozosos» a este lugar santo para celebrar con alegría que su querida Beatitud haya llegado al alto rango eclesial que es el antiguo patriarcado de Antioquía y de todo el Oriente, y para orar juntos por el éxito de sus altas misiones y sus enormes responsabilidades.
La Iglesia autocéfala de Chipre se regocija y se alegra hoy porque, en medio de la guerra que se libra en su patria y de la terrible situación trágica por la que pasan los cristianos ortodoxos, «la madre de la Iglesia chipriota» se ha quitado el luto negro y ha entrado bajo su dirección inspirada y su sabia y experimentada guía.
Querido hermano en el Señor: lo felicito fervientemente, desde lo hondo del corazón, en nombre de nuestro Santo Sínodo, de nuestro venerable clero y del pueblo cristiano de la Iglesia de Chipre, por esta altísima dignidad eclesial. Y a la vez pedimos al Señor que lo fortalezca en todo, que lo ilumine y lo afiance «dondequiera que vayas» (Jos 1, 9) y que bendiga sus obras para que sean fertilizas y agradables ante él.
Esta ocasión nos lleva con la mente a Antioquía, el centro histórico de su Patriarcado, donde ocurrieron los conocidos acontecimientos religiosos que unieron fraternalmente a nuestras dos Iglesias. Estas relaciones, edificadas y consolidadas en el espíritu del amor al Crucificado, continúan hasta hoy.
Sentimos también como si oyéramos la palabra del Espíritu Santo: «Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado… Ellos, enviados por el Espíritu Santo desde Antioquía, marcharon a Chipre, y al llegar a Salamina anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos» (Hch 13, 2-5). Desde entonces, Beatitud, las relaciones entre nuestras Iglesias han seguido siendo fraternas. Y estamos decididos a continuarlas por el bien de nuestras Iglesias, que ambos nos hemos entregado a servir.
Beatitud: usted asume la dirección de la Iglesia de Antioquía en circunstancias trágicas causadas por la guerra civil que, «por juicios que el Señor conoce», fue urdida desde fuera y, mediante engaño y fraude, fue puesta en el curso de los acontecimientos en Siria, convirtiendo al país pacífico y apacible en una tierra de dolor y sufrimiento que supera toda imaginación.
Usted está llamado, en medio de esta situación trágica en su país, a luchar con fe y valentía, confiando en el amor de Dios y en el de sus hermanos obispos, el clero y su pueblo de buen culto, para devolver la anhelada paz a los corazones de su pueblo y a su patria sacudida por las tormentas.
Nuestra presencia aquí, los representantes de las Iglesias ortodoxas locales, da testimonio del amor entre los ortodoxos y de su unidad, y de nuestra decisión común de estar al lado de su queridísima Beatitud y al lado de la Iglesia hermana de Antioquía, azotada por las tormentas.
Por eso, querido hermano en el Señor: fortalécete y ten ánimo, y avanza con audacia hacia el combate que se te ha puesto delante. Lucha y camina en la integridad, y preside como sacerdote por muchos años. Que Dios bendiga tu sacerdocio.
La Gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean contigo todos los días de tu vida.
+ Crisóstomo II
Arzobispo de Chipre
6. Mensaje de Su Beatitud Jerónimo II, Arzobispo de Atenas y toda Grecia
Beatitud:
Su ascenso a la sede apostólica y patriarcal, resplandeciente, de Antioquía ha llenado de alegría mi corazón y los de los Rvdmo. Metropolitas de la Iglesia de Grecia, cuyo gozo le transmite personalmente a usted y a toda la Iglesia de Antioquía nuestro querido hermano en Cristo y miembro del Santo Sínodo, el Metropolita Manuel de Kilkis.
Tras la dormición de su venerable y sabio predecesor en este Patriarcado de Antioquía, Rvdmo Ignacio, La gracia de la Trinidad Divina lo ha mostrado a usted como Patriarca de este glorioso y ilustre Patriarcado, que ha desempeñado un papel importante en la historia de la Iglesia y que es uno de los cinco sentidos, los cinco patriarcados, en el cuerpo bendito de Cristo, que es la Iglesia. Y, por supuesto, esta elección se ha realizado respetando los fundamentos de nuestra Iglesia y con todo orden. Glorificamos a Dios por su Don y su Gracia, que envía a los miembros de su cuerpo, siendo él la cabeza de la Iglesia.
Beatitud: como bien sabe, el obispo, y en particular el primero en cada Iglesia, es «portador del sacerdocio martirial de Cristo». El sacerdocio de Cristo está perfumado con la sangre del sacrificio del Gólgota y se ofrece sacrificialmente, de modo inagotable, a los fieles y los conduce a la salvación. Su vestidura es roja, pero resplandeciente como la luz.
De este sacerdocio martirial participa todo obispo, y en especial el Patriarca. Y esta cruz es la gloria de los clérigos y de la Iglesia. San Juan Crisóstomo, hijo de la gloriosa ciudad de Antioquía, se pregunta, al hablar de la vida crucificada y resucitada de los cristianos y de los clérigos: «¿Quién es, pues, el que llega a ser especialmente de Cristo y copartícipe suyo?». Recorran, pues, el camino martirial desde su elección y entronización; pero el camino de la cruz conduce a la resurrección.
Lo hemos conocido como un greco-ortodoxo de lengua árabe que estudió teología ortodoxa aquí y en Salónica. Nos hemos encontrado con usted en el huerto de la Santísima, el Monte Santo. Nos enorgullecimos de usted como profesor y decano del Instituto Teológico de San Juan Damasceno del Patriarcado de Antioquía, y lo admiramos en nuestros diversos encuentros. Y hemos visto en todas partes al clérigo irreprochable, al teólogo brillante, al padre espiritual entrañable, al sacerdote y obispo activo y celoso, al discípulo excelente de los Santos Padres, al romano tradicional. ¿Cómo no elevar alabanza y gloria a la Divina Trinidad? ¿Y cómo no dar gracias a la Madre de Cristo, Santísima? ¿Cómo no honrar a los obispos que lo honraron con su voto y con su amor?
Beatitud, querido hermano en el Señor, Rvdmo. Juan:
En medio de esta alegría, al comenzar su ministerio patriarcal, recordamos las palabras de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo, obispo de Esmirna: «Mantente alerta como un luchador por Cristo… Mantente firme como el yunque bajo los golpes, pues el luchador que recibe golpes y sale victorioso es grande. Debemos soportarlo todo por amor a Dios, para que Él nos soporte a nosotros. Sé perseverante, ten en cuenta los tiempos. Contempla a Aquel que está por encima del tiempo, ilimitado en el tiempo, invisible, pero que se hace visible por nosotros…».
Que el tiempo de su Patriarcado sea largo y bendecido para Gloria de Dios, Gloria de la Iglesia y salvación de los cristianos ortodoxos.
Por muchos años.
+ Jerónimo
Arzobispo de Atenas y toda Grecia
7. Mensaje de Su Beatitud Anastasio, Arzobispo de Tirana, Durrës y toda Albania
Tirana, 15 de febrero de 2013.
Beatitud, Santidad, Patriarca de la ciudad de Dios, la gran Antioquía, y de todo el Oriente, queridísimo en Cristo Dios y hermano predilecto nuestro, compañero en el ministerio, Rvdmo. Juan:
Dando gracias a Dios, Padre de las luces, «de quien procede toda buena dádiva y todo don perfecto», lo felicitamos de nuevo, desde lo profundo del alma, por su elevación al trono apostólico de la santa Iglesia de Antioquía. La Iglesia Ortodoxa Autocéfala de Albania, representada por el Reverendísimo Metropolita Demetrio de Argirocastro y por el Embajador, Señor Pantaleón, participa con alegría en el oficio divino festivo en Beirut y en su gozo personal y en el de su venerable feligresía , en la patria y en los países de la diáspora.
Le pedimos de todo corazón que siga los pasos de sus santos predecesores, inspirado por el Espíritu Santo y haciendo fructificar los muchos talentos que se le han dado, además de su abundante piedad, su excelente preparación teológica, su experiencia litúrgica y ascética, su pensamiento de discernimiento y su sensibilidad pastoral. Que conduzca al fiel pueblo de Dios a sanar las dolorosas heridas recientes y a un nuevo florecimiento espiritual, haciendo brillar en el mundo contemporáneo la luz de Cristo, que resplandeció desde Oriente, la luz de la verdad, la justicia, la paz y la belleza.
Con motivo de su histórica entronización, enviamos a su queridísima Beatitud un recuerdo simbólico: una copia del manuscrito de los cuatro Evangelios (siglo X), que hoy se conserva en Albania.
«Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, 21 a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén» (Ef 3, 20-21).
Con el mayor aprecio y el más hondo amor fraterno en Cristo, nuestro Dios.
Arzobispo de Tirana, Durrës y toda Albania
Tirana, 15 de febrero de 2013
8. Mensaje de Su Beatitud Cristóforo, Arzobispo de las Tierras Checas y Eslovaquia
Beatitud, Patriarca de la gran ciudad de Dios, Antioquía, de Siria, Arabia, Cilicia, Iberia, Mesopotamia y de todo el Oriente, Kyrios Kyrios Juan;
Su Eminencia el Metropolita Manuel, representante del Patriarca ecuménico Kyrios Kyrios Bartolomé, Santísimo y Dañinísimo;
Su Eminencia el metropolita de Bostra, Kyrios Saba, delegado del Patriarca precedente de Antioquía, el ilustre patriarca de feliz memoria Ignacio IV;
Mis hermanos, señores venerables y amados de Dios, piadosos obispos, ancianos y diáconos;
Honorables representantes de las autoridades políticas, militares, policiales y de otras instancias;
Pueblo bendito:
Los venerables obispos, miembros del Santo Sínodo del Patriarcado de Antioquía, han elevado a la Sede patriarcal de Antioquía, mediante su generosa candidatura, a nuestro muy querido hermano y colaborador en el servicio, Kyrios Kyrios Juan.
Es muy difícil que una persona comprenda la altura de la dignidad episcopal. En verdad, la cruz y el peso de las responsabilidades que recaen sobre usted, Beatitud, son grandes y crecen sin cesar, sobre todo cuando se trata de cuidar de una región sensible, crítica y llena de testimonio, como la de Oriente Medio, teñida de sangre.
Usted ha sucedido al Patriarca de Antioquía Kyrios Ignacio, de memoria eterna, Hombre y Señor, tradicional y a la vez progresista, amante de su pueblo y noble, que trabajó con empeño por la región de Oriente Medio y por la Iglesia de Cristo. Que su memoria sea eterna. Damos por supuesto, claro está, que la obra por la que se fatigó y que soñó con hacer realidad no se detendrá; al contrario, usted la llevará adelante con ánimo ardiente y encendido, con mucho amor y gratitud por lo que él ofreció. Y, por supuesto, crecerá para gloria de Dios.
Beatitud: ruego que conduzca con maestría la nave del patriarcado de Antioquía, con pensamiento y obra, mediante los muchos dones que lo distinguen, y que pase su vida en paz y alegría, para gloria de Dios y florecimiento de nuestra Iglesia.
Como Arzobispo de la Iglesia de las Tierras Checas y Eslovaquia, me une a su Beatitud un vínculo de amistad y amor, y en este día dichoso le aseguro que nuestra humilde Iglesia, y yo personalmente, estaremos a su lado como colaboradores y apoyo, junto a usted y junto al pueblo amigo del Patriarcado de Antioquía. Me encontré con su Beatitud hace poco, en la ciudad de Salónica, y tuve la oportunidad de percibir su auténtico interés eclesial, su amor por el Monte Santo y por el monacato, su elevada formación teológica y científica, su palabra paternal y la humildad que lo adorna.
Por ello ruego con humildad al Señor, Sumo Sacerdote, que le conceda muchos años llenos de salud, bendición y alegría, y que su pastoreo patriarcal, amado de Dios, dé abundante fruto.
Le ruego que acepte este obsequio de cristal como recuerdo de este día y como prenda de honor y estima a su persona.
Le deseo éxito en su nuevo servicio, cuyas cargas lleva sobre sus hombros.
+ Cristóforo
9. Mensaje de Su Beatitud Leo, Arzobispo de Karelia y toda Finlandia
Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega.
Beatitud, querido colaborador en el servicio en Cristo:
Permítame expresar mis cálidas felicitaciones, en nombre de la Iglesia ortodoxa de Finlandia, con motivo de su entronización como Patriarca de la Iglesia de Antioquía. Lamentablemente, nuestra Iglesia no pudo estar representada en las celebraciones de su entronización, pero permítame asegurarle que la feligresía ortodoxa de Dios aquí, en el norte, está con usted en la oración, ahora y en el futuro.
Al considerar estos tiempos difíciles que atraviesa el mundo, nuestra firme esperanza y nuestras oraciones son que los lazos de paz y de santo amor entre nuestras dos Iglesias continúen fuertes en sus días. Que el Señor Jesucristo le dé salud, sabiduría y muchos años.
Al enviarle estos deseos y oraciones por unos años bendecidos de servicio a la Iglesia, le pido a su Beatitud que mantenga a la Iglesia ortodoxa de Finlandia en sus oraciones.
Su hermano en el amor de Cristo
+Leo
Arzobispo de Karelia y toda Finlandia
10. Mensaje de Su Beatitud Damiano, Arzobispo de Sinaí
13 de febrero de 2013.
A Su Beatitud el Patriarca Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega.
Beatitud, Rvdmo y querido hermano en Cristo:
Nos honró enormemente recibir su invitación patriarcal para participar en el oficio divino que celebrará usted el próximo domingo 17 de febrero en el Líbano, donde nuestro santo monasterio posee una presencia (Amtash). Como me es imposible asistir personalmente a causa de los numerosos problemas en Egipto, enviamos como representante de nuestro monasterio autónomo, imperial y antiguo de Arabia Pétrea al Reverendísimo Rrchimandrita Teófilo Prosalidis, para que nos represente a nosotros y a nuestro monasterio.
Le deseamos salud duradera, que su misión sea abundante en frutos y esté guardada por la gracia de nuestro Señor, que se manifestó en el Monte Sinaí, y por las súplicas de su Madre purísima, la Madre de Dios, Señora de la zarza que ardía sin consumirse, y de la protectora del Monte Sinaí, la gran santa mártir Catalina, sapientísima. Le profesamos siempre un profundo honor, respeto y amor fraterno.
+ Damiano
Arzobispo de Sinaí
En el Santo Monte Sinaí
B. Mensaje de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal
Ciudad del Vaticano, 25 de diciembre de 2012.
A Su Beatitud Juan X, Patriarca de Antioquía y Todo Oriente de la Iglesia Ortodoxa Griega:
Dirijo a su Beatitud, con especial alegría, mi saludo fraterno en el amor de Cristo con motivo de su elección como patriarca greco-ortodoxo de Antioquía y de todo Oriente. Deseo asegurarle mi cercanía espiritual y mi oración, para que el Padre celestial le conceda abundantemente los dones del Espíritu Santo y le permita guiar con amor y paz al rebaño que hoy se le confía.
Usted es ahora el sucesor de nuestro amadísimo hermano, de feliz memoria, Su Beatitud Ignacio IV, que dejó a los fieles del Patriarcado griego-ortodoxo de Antioquía y de todo el Oriente una rica y duradera herencia de renovación espiritual y eclesial, mediante la continuidad de la Tradición viva recibida de los apóstoles. Durante sus largos años de servicio, marcados por grandes cambios en la situación de Oriente Medio, el Patriarca Ignacio se distinguió por su compromiso de preservar la paz y por su contribución a mejorar las relaciones entre todos los cristianos de la región y entre nuestras Iglesias.
Estoy seguro de que su Beatitud proseguirá este esfuerzo, siguiendo las huellas de su predecesor, de feliz memoria, por la unidad de los discípulos de Cristo. En esta etapa de inestabilidad y de inclinación a la violencia que vive Oriente Medio, es cada vez más necesario que los discípulos de Cristo den un testimonio auténtico de su unidad, para que el mundo crea en el mensaje de amor, paz y reconciliación del Evangelio. También recae sobre nosotros la responsabilidad de continuar juntos nuestro camino para mostrar con mayor claridad la realidad espiritual de la comunión, todavía no plena, que nos une. Deseo, pues, de todo corazón que las relaciones entre el Patriarcado griego-ortodoxo y la Iglesia católica se desarrollen, bajo su dirección paterna, en la etapa siguiente, mediante formas de cooperación fecunda y la continuación de nuestro empeño por resolver las cuestiones que todavía nos dividen, a través de la participación y constructiva en los trabajos de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto.
Beatitud, tenga la seguridad de mis oraciones y de mis cálidos deseos para su persona y su misión. Que el Dios todopoderoso lo bendiga con su amor y lo guarde en su misión, concediéndole todas las gracias y bendiciones del cielo. Por último, teniendo presentes los sufrimientos que padecen los pueblos de Oriente Medio, y como hermano suyo en la fe, me uno a su oración, invocando a nuestro Señor Jesucristo, «Príncipe de la Paz» (Is 9, 5), que eligió nacer precisamente en esta región en su primera venida entre los hombres, para llevar consuelo a todas las víctimas de la violencia e inspirar a todos obras de amor.
Con estos sentimientos de profunda esperanza, le doy, Beatitud, un abrazo fraterno en el Señor.
Papa Benedicto XVI
Vaticano, 25 de diciembre de 2012
C. Mensaje del Consejo Mundial de Iglesias
Mensaje del Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias, Reverendo Olav Fykse Tveit
7 de febrero de 2013.
Beatitud:
Le ruego que acepte mis sinceras felicitaciones con motivo de su entronización como Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente. Lo felicito, Beatitud, personalmente como Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias y también en nombre de todos los hermanos del Consejo Mundial de Iglesias, la organización ecuménica más amplia del mundo.
Todos somos conscientes del papel único que Antioquía ha desempeñado en su historia como centro del Cristianismo. Entró en la historia como centro histórico y apostólico, donde «a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez» (Hch 11, 26), y también como centro de un testimonio incansable de la fe cristiana «a todas las naciones», según el mandato de nuestro Dios y Salvador resucitado de entre los muertos, nuestro Señor Jesucristo (Mt 28, 19).
Esta larga e ininterrumpida historia de testimonio y de fidelidad al Evangelio ha ayudado a la Iglesia de Antioquía a hacer frente a toda clase de desafíos y dificultades, a resistir a toda clase de dominios y poderes y a superar toda clase de problemas y adversidades a lo largo de los siglos. Todos estamos agradecidos y en deuda con la Iglesia de Antioquía: por su antigua escuela teológica, por sus testimonios y sus numerosos mártires, por sus líderes espirituales y también por su liderazgo contemporáneo, tanto en las relaciones entre las confesiones cristianas como entre las religiones.
Bajo la guía de sabios patriarcas y con el apoyo constante de los miembros del Santo Sínodo, del clero y de los laicos, así como de los profesores de teología, la Iglesia (de Antioquía) ha podido, especialmente en el siglo pasado, mantenerse como un fuerte testigo cristiano dentro de los límites canónicos en Oriente Medio y, al mismo tiempo, organizar la creciente diáspora en otras partes del mundo. La capacidad de la Iglesia de Antioquía para responder a los desafíos inmediatos en un mundo que cambia rápidamente la ha convertido en un modelo a seguir para muchas otras Iglesias, ya sean de tradición ortodoxa o de otras tradiciones.
Beatitud: usted fue elegido por el Santo Sínodo del Patriarcado ortodoxo de Antioquía para ejercer su liderazgo espiritual en momentos decisivos de la historia, decisivos para su Iglesia, para su región y, más aún, para el mundo entero.
Se le ha llamado, Beatitud, a llevar la pesada y valiosa herencia de sus predecesores, y no en último lugar la de su predecesor de grata memoria, el Patriarca Ignacio (IV), que era conocido y respetado en todo el mundo por los ortodoxos, por los hermanos cristianos y también por los musulmanes, por su sabiduría, su apertura, su compromiso con el diálogo y sus incansables esfuerzos por la unidad cristiana.
Todos conocemos y apreciamos sus Dones y talentos, comprobados en su servicio como profesor, como padre espiritual de comunidades monásticas, como obispo y, recientemente, como metropolita en Francia, responsable de las parroquias de su Iglesia en Europa Occidental y Central. Y todos sabemos que todos los fieles del Patriarcado de Antioquía lo respaldan. Y como Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias quiero asegurar a su Beatitud que toda la comunidad ecuménica los apoya a usted y a su Iglesia.
Lamentablemente, no pude participar personalmente en su entronización; sin embargo, el Consejo Mundial de Iglesias estuvo representado por una delegación que incluyó a algunos de sus miembros. Espero con interés poder encontrarme con usted, Beatitud, en la primera ocasión.
Suyo, sinceramente, en el Señor Jesucristo que nos une.
Secretario General, Reverendo Dr. Olav Fykse Tveit
Ginebra, 7 de febrero de 2013
