«Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía» (Hechos de los Apóstoles 11, 26)
Desde esta sagrada región de Oriente y desde la fragancia de la historia del cristianismo primitivo, surgió la Iglesia Ortodoxa Antioquena, una de las Iglesias más antiguas y venerables del mundo cristiano. Es la Iglesia de la «gran ciudad de Dios», fundada por los apóstoles Pedro y Pablo a mediados del siglo I. A lo largo de las generaciones, ha sido un puente cultural y espiritual entre Oriente y Occidente, y un testimonio vivo de la continuidad de la presencia cristiana en el Oriente árabe, a pesar de todas las tormentas y tribulaciones.
La Iglesia Antioquena se fundó en los albores del cristianismo. Antioquía, que entonces era la capital de la provincia romana de Siria, fue el centro desde el cual partieron las misiones evangelizadoras, especialmente las de San Pablo. En poco tiempo, Antioquía se convirtió en una de las cinco grandes sedes patriarcales —la Pentarquía— del antiguo mundo cristiano, junto con Roma, Constantinopla, Alejandría y Jerusalén. Allí también floreció la «Escuela Teológica de Antioquía», caracterizada por su interpretación histórica y literal de las Sagradas Escrituras, y que dio grandes figuras de la teología, como San Juan Crisóstomo.
La Iglesia de Antioquía desempeñó un papel fundamental en los Concilios Ecuménicos, especialmente en el Concilio de Nicea del año 325. Sin embargo, tras el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, en el que se debatió sobre la naturaleza de nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia Antioquena sufrió la primera gran división de su historia. Los fieles se dividieron entre quienes rechazaron el Concilio, conocidos posteriormente como siríacos ortodoxos, y quienes lo aceptaron y permanecieron en comunión con el Imperio bizantino, es decir, los romanos.
Con la conquista árabe-islámica del Levante en el siglo VII, la Iglesia entró en una nueva etapa. Los antioquenos se adaptaron a la nueva realidad y comenzó un proceso gradual de «arabización» de la Iglesia, durante el cual se tradujeron los Evangelios y los textos litúrgicos al árabe. Debido a las sucesivas guerras, a la destrucción de la ciudad de Antioquía y a la pérdida de su importancia política y demográfica, la sede del Santo Patriarcado de Antioquía fue trasladada oficialmente a Damasco en el año 1342, durante el patriarcado de Ignacio II. Desde entonces, la Catedral del Mariamieh de Damasco se convirtió en la sede patriarcal oficial, condición que conserva hasta nuestros días.
El siglo XVIII fue testigo de una nueva conmoción eclesiástica. En 1724, debido a la influencia y a las misiones occidentales, se produjo una división dentro de la Iglesia Antioquena que dio origen a la comunidad de los greco-melquitas católicos, vinculada al Papa de Roma. Ante el temor de que la división se agravara y de perder a más fieles, los ortodoxos recurrieron al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Esto condujo al establecimiento de una tutela griega sobre la Sede Antioquena. Fue designado patriarca Silvestre de Chipre, dando comienzo a una sucesión de patriarcas griegos que ocuparon la sede antioquena. Esta hegemonía se prolongó desde 1724 hasta 1898.
Con la escala de la conciencia nacional y del Renacimiento árabe a finales del siglo XIX, los hijos de la Iglesia, agrupados en lo que se denominó el «partido nacional», comenzaron a reclamar la recuperación de su sede, hasta entonces bajo dominio griego. Estas luchas culminaron en un éxito histórico en 1899, cuando el Santo Sínodo Antioqueno eligió Patriarca a Melecio II (al-Dumani), el primer patriarca árabe en ocupar la Sede Antioquena desde 1724. Su elección representó una auténtica renovación y una transformación profunda dentro de la Sede Antioquena: devolvió a la Iglesia su carácter original, árabe y oriental, y posteriormente fundó la escuela del Monasterio de Nuestra Señora del Balamand.
Durante los siglos XX y XXI, la Iglesia experimentó una enorme expansión debido a la emigración de sus fieles. Se establecieron activas diócesis antioquenas en América, Europa y Australia. Asimismo, se produjo un importante renacimiento teológico y educativo, que se manifestó en la fundación del Instituto Teológico de San Juan Damasceno y de la Universidad del Balamand, en el Líbano.
Hoy, bajo el liderazgo de Su Beatitud el Patriarca Juan X Yazigi, la Iglesia alza su voz en favor de la paz en Oriente Medio. Afronta los desafíos de las guerras y los desplazamientos forzados, y mantiene con firmeza la fidelidad al testimonio ortodoxo.
La Iglesia de Antioquía no es simplemente una institución religiosa pasajera, sino la memoria de Oriente y sus raíces profundas. A pesar de todas las divisiones, los cambios políticos, los períodos de dominación extranjera y las guerras, ha permanecido fiel a su herencia patrística ortodoxa y ha preservado su identidad árabe y oriental. Así continúa siendo un faro de fe y un testimonio vivo de una presencia cristiana que no desaparece de la tierra del Nacimiento y de la Resurrección.